¡QUE SOLOS SE QUEDAN LOS VIVOS!

Si bien lo miramos, la muerte en si no es algo que verdaderamente nos aterre. Lo que nos asustan son los muertos. Algunos muertos. Aquellos con los que, mientras estuvieron vivos, mantuvimos el contacto o, por lo menos, llegaron, por las razones que sean, a resultarnos cercanos, familiares.

Cuando durante mis vacaciones estivales me he enterado de la muerte de Paco Umbral, he sentido de repente un miedo inesperado, e irreflexivo, a morirme yo mismo ¡Qué miserables somos a veces los hombres!.

A propósito de Paco Umbral obra ya en este blog un post, el del último quince de mayo, titulado "El Giocondo", que pretendía ser un sentido homenaje a la literatura (y "las cosas", tal y como a él le gustaba referirse a las consabidas circunstancias orteguianas), del ahora difunto, a partir de lo evocado de mis propias vivencias juveniles: nocturnas, depredadoras, dispsómanas, umbráticas ¡cómo no! acaecidas durante cierta época de mi vida.

Con tristeza y reconocimiento me toca proclamar esta vez que la literatura castellana -y aquí quiero decir "de castilla" y aquí incluyo en esa castilla ¡tan ancha! ese poblachón enorme que es Madrid- ha perdido a su último valedor. ¿Quién va a cantarles ahora a los barbechos de amianto y las eras de asfalto sin incurrir en lo aburrido o el tópico? ¿Quién retratar a banqueros, pintamonas, marquesas, alguaciles, caricatos y politicastros sin caer en el desprecio, la alabanza o la pedantería.....?

Ribera y Valdés Leal le andan pintando la mascarilla al muerto y los espectros palaciegos de majas, sores y chulapas se afanan en tocarle la minga entre la saya para encimar su resurrección con el pajeo. Lo aguardan impacientes, fumándose unas tobas, Solana y Espronceda ansiosos por partir de farra hacia Cascorro y los Humilladeros y enredarse en bravatas.

Y él.. mientras tanto.. -inmortal, incólume- se acaricia esas narices suyas: feas, rotundas, españolas.. llenas de bubas y espinillas, bien consciente de que le estaba genéticamente vetado ser un dandy a pesar de ese foulard de seda que lucía con respeto -y desamparo- y sus canosas guedejas de poeta. Consciente de que su genio y su porfía estaban condenados de antemano a finar, tal y como le pasó a Cervantes, tal y como les ha ocurrido a tantos otros, en un paraje yermo de La Mancha. Uno cualquiera. Que del nombre -como se nos tiene dicho- no merece la pena acordarse.

Una pérdida irreparable. A falta de herederos de verdadero fuste y fusta de la buena, permitámosles a los escaparates de Hortaleza y los luminosos de la Puerta del Sol que sean ellos los que se ocupen a fondo de ajustar día a día la glosa capitalina. Nadie hay más ducho.

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PARA LEER: El Señor de las Moscas (WILLIAM GOLDING)

PARA ESCUCHAR: Let Go (NADA SURF)